Crónica de una liberación en peligro, por Daniel Samper, miembro de comisión que trajo a uniformados
Fecha Sunday, 08 February a las 01:56:56
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Daniel Samper, Pierre Hoffer, médico del CICR y Piedad Córdoba hablan con los guerrilleros en la selva del Caquetá, en medio de la operación
EL TIEMPO
8 de febrero de 2009

Los sobrevuelos militares realizados en el Caquetá durante la entrega de cuatro rehenes de las Farc tiñeron de sospecha la operación y casi impiden su liberación.
Supimos que la operación estaba en problemas poco después de aterrizar en un paraje de la selva, a las 9:05 a.m. del domingo pasado.
-¿No oyen ruidos de avión? -preguntó muy serio uno de los guerrilleros que acababan de dar la bienvenida a la comisión encargada de recuperar a cuatro miembros de las Fuerzas Armadas en poder de las Farc. "Rehenes", los llama la Cruz Roja; "prisioneros", los denomina la guerrilla.

Iban a ser los primeros de seis que la guerrrilla   estaba dispuesta a liberar como &quot;gesto humanitario&quot; gracias a las gestiones de   Colombianos y Colombianas por la Paz (CPP), un grupo de miles de ciudadanos   encabezados por la senadora Piedad Córdoba que propone un camino negociado para   finalizar la guerra.</p>
<p>No. No habíamos oído ruidos de avión porque lo   impedía el estrépito de las aspas del helicóptero de la Fuerza Aérea Brasileña   que nos trasladó allí a los dos delegados de la Cruz Roja (CICR), el médico de   la institución, Pierre Hoffer, y los cuatro garantes de CPP, con Piedad Córdoba   al frente. Pero, silenciadas las aspas, el zumbido alto, constante y lejano de   los aviones se escuchaba a la perfección. Solo lo interrumpían los cantos de un   pájaro mochilero en un árbol vecino.</p>
<p>-Son aviones del Ejército -explicó el jefe del   pequeño grupo de once guerrilleros-. Están rondando desde ayer y hoy no han   parado.</p>
<p>Alguien preguntó, esperanzado, si no correspondería a   vuelos comerciales. Pero ya sabíamos que solo se realizan cuatro al día desde   Florencia, nuestro punto de despegue antes de que Piedad revelara las   coordenadas del sitio donde pensábamos hallar a los guerrilleros.</p>
<p>-Los aviones comerciales vuelan más bajito y no dan   vueltas sobre nosotros -explicaron los de las Farc, que han aprendido en la   selva a aguzar al oído frente al peligro-. Son aviones espías de la Fuerza   Aérea, aviones plataforma de los gringos. </p>
<p>Existía un acuerdo con el Gobierno Nacional en el   sentido de que, durante el día de la liberación y parte de la víspera, se   suspendería todo vuelo militar. El acuerdo no se estaba cumpliendo.</p>
<p>-En estas condiciones -añadió el jefe guerrillero con   serenidad pero con firmeza-, la entrega de prisioneros está suspendida. </p>
<p>Enseguida entregaron unas flores a Piedad y nos   repartieron gaseosas a todos. Hablamos con los delegados de la Cruz Roja.   Estaban tan sorprendidos como nosotros por esos ominosos vuelos que no cesaban   de rugir desde el cielo nuboso. </p>
<p><strong>¿Qué hago yo aquí?</strong></p>
<p>Yo había aceptado ser garante del proceso de rescate   de seis rehenes en tres sitios distintos del país durante casi una semana porque   me lo pidieron los directivos de Colombianos por la Paz. Respaldado por El   TIEMPO, me quité la camiseta de periodista para cumplir esta misión y vestí la   de observador imparcial. Con la aprobación del Gobierno, la Cruz Roja y las Farc   (como todos los demás participantes), me había subido el viernes 30 de enero al   avión que nos llevó a la base de São Gabriel de Cachoeira, en Brasil; un día   después había regresado a Colombia en un helicóptero Cougar de los brasileños   para recuperar los secuestrados. Formaban así mismo parte del equipo de CPP,   junto con Piedad, el periodista Jorge Enrique Botero y la discreta e inteligente   directora de la Casa de la Mujer, Olga Amparo Sánchez. </p>
<p>Sabía, por abogados a quienes consulté, que ser   garante no es un honor, sino una responsabilidad que goza de estatus jurídico en   los convenios internacionales. El garante vigila que se cumplan las reglas de   juego. Si todo sale bien, es un paseo. Si algo falla, su tarea puede convertirse   en una pesadilla.</p>
<p>Allí, en las selvas del Caquetá, mi paseo como   garante estaba a punto de convertirse en pesadilla. Abrí bien los ojos y preparé   la libreta de apuntes, pues, a las 10 a.m., como los vuelos no paraban, la   misión era un fracaso. La guerrilla, inquieta por la sombra de esos animales   metálicos que vigilaban desde lo alto, ya no iba a entregar a los agentes de   Policía antisecuestros Wálter Lozano, Juan Fernando Galicia y Alexis Torres, ni   al soldado William Giovanni Domínguez. Temiendo una trampa, las Farc se habían   replegado.</p>
<p><strong>Sobrevuelos ominosos</strong></p>
<p>A través de un poderoso teléfono satelital, Thierry   Grobet, adjunto al jefe de la Cruz Roja en Colombia, buscó al Comisionado de   Paz, Luis Carlos Restrepo. El celular estaba desconectado. A las 10 y 47 los   vuelos seguían y Grobet -suizo casado con colombiana- se comunicó con sus   superiores en Bogotá y pidió enterar de la crítica situación a Juan Manuel   Santos, ministro de Defensa. Grobet era el responsable inmediato de nuestra   misión. Christophe Beney, su jefe, intentaría hablar con Santos y nos contaría   el resultado de la gestión. </p>
<p>Quedamos a la espera. Los vuelos continuaban. Todos   los oíamos. Ya completaban por lo menos hora y media. ¿Un avión? ¿Dos? Difícil   saberlo. Pero hasta los más bisoños nos dábamos cuenta de que no eran viajecitos   de Satena.</p>
<p>Un rato después, Christophe llamó e informó. Había   hablado con el Ministro y este, sin atribuirles mucha importancia, reconoció que   se trataba de aviones militares de la Base de Tres Esquinas. Pero que   inmediatamente ordenaría suspenderlos. Quince minutos después, el ruido había   desaparecido. </p>
<p>Esa noche, al llegar con los cuatro ex rehenes a   Villavicencio, nos enteramos de la confusa situación: el Comisionado negaba que   hubiera habido vuelos, pero Santos reconocía que sí y hablaba de un acuerdo para   operaciones militares aéreas por encima de los 20.000 pies. A su turno, el   general Freddy Padilla, comandante de las Fuerzas Armadas, hizo chistes en el   sentido de que nosotros estábamos en &quot;un pic nic con las Farc&quot; y aducía que se   trataba de &quot;vuelos humanitarios&quot; para proteger a los comisionados de la Cruz   Roja en caso de emergencia.</p>
<p>(Respetuoso mensaje al general Padilla: no son   chistes lo que un ciudadano espera en tan dramáticos momentos de una autoridad   como de su categoría. Hicimos cuanto pudimos para rebajar el ambiente de   inseguridad creado por los aviones militares. Y lo logramos. En cuanto a los   &quot;sobrevuelos humanitarios&quot;, el General sabía bien que el segundo helicóptero   brasileño estaba listo en Florencia para acudir ante cualquier eventualidad.   Para eso no se necesitaban sobrevuelos).</p>
<p>Los compañeros de la Cruz Roja, hoy puedo decirlo,   estaban tan estupefactos como nosotros. ¿Hubo acuerdo para que volaran aviones   militares por encima de determinado punto? Patricia Danzi, jefe de operaciones   latinoamericanas de la CICR y presente en el escenario selvático, me dijo: &quot;He   asistido a muchas misiones parecidas a esta en varios países del mundo. Jamás,   por ningún motivo, la Cruz Roja permitiría aviones militares en una operación   tan delicada&quot;. </p>
<p>El ruido de los motores se había silenciado, pero sus   efectos eran devastadores. La guerrilla, oliendo una celada, se hallaba   replegada y escondida. Pese a su coraza diplomática, los miembros de la Cruz   Roja no podían ocultar su disgusto e inquietud. Los miembros de CPP estábamos   convencidos de que se trataba, en el mejor de los casos, de un aprovechamiento   indebido que hacía el Gobierno de las circunstancias y, en el peor, de una tarea   de hostigamiento que buscaba el fracaso de la entrega para inculpar de ello a   las Farc y hacernos quedar en ridículo a los demás.</p>
<p>Ni siquiera ahora podría decir qué se proponían los   vuelos. Si fue un error de buena fe, es tan burdo que merece establecer culpas   por omisión. Si fue un acto deliberado, alguien tiene que responsabilizarse. De   todos modos, considero mi deber que el país sepa lo que pasó.</p>
<p><strong>La misión se restablece</strong></p>
<p>En ese momento la liberación estaba embolatada y   habíamos perdido tres valiosas horas. La consigna de todos fue optar por el   sosiego, seguir adelante y convencer a las Farc de que había garantías   suficientes para culminar con éxito la operación. </p>
<p>Nos tranquilizaba saber que estaban allí los   militares brasileños con su helicóptero en medio de la manigua. Su presencia   tranquila y profesional era un aval para continuar. </p>
<p>La guerrilla atendió las razones de quienes   insistíamos en no presentarnos en Villavo con las manos vacías y algún jefe, por   un radio especial, comunicó al grupo de recepción que nos condujera hasta donde   se hallaba el destacamento grande. Cuatro guerrilleros desarmados subieron al   helicóptero y a las 12 y 36 partimos con el rumbo que uno de ellos indicó al   piloto. Fue un viaje corto hacia un sitio desconocido. Empezamos a aterrizar en   un paraje de colinas rodeadas de matas de monte. Con gran sorpresa vi que   alguien filmaba nuestro arribo: en medio del huracán que desataban los rotores,   reconocí a mi colega Hollman Morris al lado de un camarógrafo. </p>
<p>Nos recibieron en forma amable los comandantes Jairo   Martínez y Luis Emiro Mosquera. Estábamos rodeados por dos cordones de   guerrilleros bien uniformados, jóvenes y armados poderosamente. Eran quizás cien   o más de cien. Abundaban las mujeres. Un cordón cercano rodeaba la zona de   aterrizaje y veíamos la silueta más lejana de los del cerro como ven los   vaqueros solitarios el perfil de las formaciones abrumadoras de sioux en las   películas del Oeste. </p>
<p>Bajo un tenderete de lona, y sentados en sillas de   plástico que aún tenían marcas de propaganda electoral, conversamos con Martínez   y Mosquera. De manera enfática protestaron por los sobrevuelos y expresaron su   temor de que el Gobierno los estuviera engañando. Hablaron de un enfrentamiento   reciente en la vereda Doce de Octubre que dejó un guerrillero muerto y otro   desaparecido. &quot;Aún estamos aquí -nos dijeron a Piedad y compañía- por ustedes,   los representantes del grupo de ciudadanos por la paz.&quot; Nosotros entendimos que   ese voto de confianza conllevaba una seria responsabilidad pero podía ser, al   mismo tiempo, el instrumento para liberar a los muchachos de la Policía y el   Ejército, a pesar de la anómala situación que vivíamos.</p>
<p>No creo necesario revelar detalles de la charla entre   los jefes guerrilleros y la Cruz Roja, que conocí como garante, pero es   importante decir, para entender la situación, que las Farc manifestaron haber   perdido la confianza en esa institución internacional.</p>
<p>Enseguida nos hicieron oír una grabación que, según   explicaron, había captado horas antes uno de sus radios. En ella, la base (¿Tres   Esquinas?) se comunicaba con un piloto, enmendaba unas coordenadas, insistía en   fotografiar cuatro puntos y planteaba adelantar &quot;una búsqueda sobre tierra&quot;. La   palabra &quot;tierra&quot; implica infantería, y los jefes de las Farc temían que el   Ejército ya estuviera tratando de localizar al grupo que iba a entregar a los   rehenes.</p>
<p>Fue en ese momento cuando Botero consideró que la   situación era crítica y cometió el error, sin consultar a nadie, ni siquiera a   sus compañeros de grupo, de emitir un flash noticioso que alertara sobre el   estado de cosas.</p>
<p><strong>La batalla contra el reloj</strong></p>
<p>La Cruz Roja relató el episodio con el ministro   Santos y nos dispusimos a conversar y esperar. Los miembros de CPP les expusimos   los ideales de justicia social que compartimos con ellos, pero condenamos con   toda claridad sus métodos: el secuestro, la lucha armada, la muerte de   inocentes. Así lo hemos hecho en nuestras cartas a las Farc a favor de un   acuerdo humanitario, llave que abrió la entrega de estos rehenes. Nos oyeron con   respeto y presentaron también sus puntos de vista. Contaron historias   escalofriantes, como la de la familia del propio Jairo Martínez, asesinada en su   presencia cuando niño por los chulativas en Planadas (Tolima).</p>
<p>Las horas pasaban. Nos ofrecieron sancocho y   gaseosas. Pienso que la guerrilla había enviado algunos grupos de avanzada para   verificar si se registraba movimiento de tropas y, de todos modos, quería   alargar la tarde lo más posible en compañía de nosotros, los brasileños y la   Cruz Roja. Nuestra presencia los amparaba. La noche es aliada de quienes se   esconden en la selva. Por eso casi nunca caminan de día.</p>
<p>Esta aspiración estratégica, totalmente comprensible   dado el ambiente de sospecha e incertidumbre creado por los sobrevuelos,   conspiraba contra nuestros relojes. Para realizar un vuelo seguro de dos horas   -distancia calculada hasta Villavicencio- necesitábamos volar con luz de día,   aunque fuera crepuscular. Salir después de las 4 p.m. implicaba un   riesgo.</p>
<p>Lo peor es que aún estaba en alerta el grupo   guerrillero y en suspenso la liberación. Nos dedicamos entonces a reconstruir un   ambiente que rebajara las tensiones. Mosquera, un antiguo dirigente sindical   comunista que se refugió en las Farc porque estaban asesinando a sus colegas,   quiso que le oyéramos sus composiciones: nos cantó una ranchera, una guasca y un   pasaje llanero. (Más tarde oímos también al soldado Domínguez, que interpretó   una canción compuesta bajo las cadenas de su atroz cautiverio de dos años. Era   distinta a la que cantó por televisión esa misma noche).</p>
<p>Por petición de Martínez, Piedad saludó de mano a   muchos guerrilleros. Ya eran las tres y media. Nos estábamos pasando del límite,   porque la guerrilla exige dos horas de espera después de su salida; necesita   tiempo para dispersarse y esconderse. Piedad explicó la situación a los dos   jefes y les propuso que aceleraran la entrega de los rehenes y nos rebajaran el   plazo de espera a solo una hora. De lo contrario, un vuelo nocturno por los   farallones orientales nos exponía a todos. Martínez y Mosquera aceptaron. </p>
<p>Poco después aparecieron con los cuatro muchachos,   que abrazaron emocionados a Piedad y luego a cada uno de nosotros. Parecía   increíble, pero habíamos logrado liberarlos. En ese momento llegaron noticias de   que había &quot;movimientos raros&quot; en veredas cercanas (finalmente no fue así, pero   era imposible saberlo entonces). Con rapidez, los hombres de las Farc formaron,   cantaron su himno y se despidieron. Cinco minutos después no quedaba un solo   guerrillero. Cincuenta y cinco más tarde salimos con los antiguos cautivos hacia   Villavicencio. Hollman Morris pidió a la Cruz Roja que lo subiera al helicóptero   con su camarógrafo, pero el delegado consideró que violaría los protocolos del   viaje.</p>
<p>Llegamos a las 6 y 53, con la alegría de entregar los   muchachos a sus familias tras una jornada de nervios y tensiones. Pero el día   aún no había terminado para nosotros.</p>
<p><strong>Noche de vetos</strong></p>
<p>Nos esperaba una reunión con el Comisionado de Paz en   una oficina del aeropuerto. Quería reclamar por la noticia que había emitido   Botero, algo de lo que nos enteramos en ese momento. La ocasión era oportuna,   porque nosotros también teníamos reclamos que hacer, como garantes, por la   insólita interferencia de los sobrevuelos militares. Acudimos a entrevistarnos   con Luis Carlos Restrepo y sus tres asistentes. Estábamos presentes, además, los   dos delegados de Cruz Roja y los cuatro de CPP. Restrepo pidió que habláramos   con franqueza y cedió la palabra a Piedad.</p>
<p>Esta explicó la indignación que nos produjo la   situación creada a despecho de todos los acuerdos y dejó claro que, si se había   podido entregar minutos antes los cuatro cautivos a oficiales del Ejército y la   Policía, era debido a la labor de convencimiento realizada por nosotros, a la   garantía que ofrecía la presencia de los brasileños y al trabajo de la Cruz   Roja. Luego me pidió que hablara yo.</p>
<p>Le anuncié a Restrepo que iba a ser tan claro como la   situación exigía. Protesté por la irresponsabilidad de los sobrevuelos y dudé de   que fueran una acción inconsulta del general Padilla. </p>
<p>-Sus palabras son muy duras- me reprochó   Restrepo.</p>
<p>-Lo que ustedes hicieron es más duro- le repliqué,   más o menos-. Yo no vine aquí de florero, sino a cumplir un deber. Este deber es   denunciar y contar lo ocurrido y exigir garantías para las próximas operaciones   de liberación.</p>
<p>La Cruz Roja también expuso sus opiniones y luego   habló Restrepo. Dijo que, por instrucciones del Presidente, quitaba el respaldo   a la presencia de Botero en la comisión y mencionó lo del avance noticioso y el   efecto de zozobra que había producido. Piedad, Olga Amparo y yo pedimos unos   minutos para reunirnos con Jorge Enrique. Oímos su explicación y consideramos   que las circunstancias de zozobra atenuaban su responsabilidad, pero le   reprochamos haber violado la promesa de solo emitir información tres semanas   después y le pedimos que ofreciera disculpas públicas y se abstuviera de nuevas   trasgresiones de los protocolos acordados. Botero aceptó su error ante todos los   de la misión y se comprometió a consultar cualquier duda con Grobet. Así las   cosas, lo respaldamos y pedí la palabra para que el Comisionado intercediera a   fin de que el Presidente le levantase el veto.</p>
<p>Botero nunca escondió su condición de periodista;   siempre anduvo con la cámara en la mano; pidió permiso para grabar un documental   y todos se lo dieron: el Gobierno, la Cruz Roja y las Farc. Cometió un error,   ciertamente, pero fue producto de la situación de tensión que crearon los   sobrevuelos. </p>
<p>-Estas misiones deben tener un registro histórico   -añadí-, y al bajar Botero, se perderá el registro. Sería aconsejable que el   Presidente reconsiderara su veto a quien ya reconoció su error.</p>
<p>Mientras el Comisionado se alejaba a consultar con el   Presidente en otra oficina, supimos por Botero que algunos de sus colegas lo   estaban criticando tanto como el Gobierno, y nos preguntábamos qué suerte   estaría corriendo Morris. De todos modos, había que prepararse, porque al día   siguiente saldríamos a recibir a Alan Jara, un político llanero secuestrado por   las Farc en el 2001 que goza de enorme simpatía.</p>
<p>Pero la ilusión de recuperar a Jara se vino a pique   en pocas horas. El Comisionado señaló que el Presidente no solo no levantaba a   Botero el veto (no usó esta palabra: era muy fuerte) sino que lo extendía a mí.   Yo también había perdido la confianza del Gobierno. No podíamos creer que a una   argumentación mía, Uribe respondiera con un nuevo veto. ¿La   explicación?</p>
<p>-El Presidente dice que esto se está volviendo un   espectáculo periodístico-.</p>
<p><strong>La consigna fue: continuar</strong></p>
<p>La disculpa era indignante. Le dije con vehemencia a   Restrepo que si tenía alguna queja contra mí como garante, que la expusiera de   inmediato, porque yo consideraba haber cumplido mi misión con absoluto rigor.   Lamentaba mucho si mi deber de denunciar violaciones a lo acordado, como los   sobrevuelos, le molestaban o no. Al no haber reproche alguno por mi trabajo como   garante, y ya que Uribe hablaba de &quot;espectáculo periodístico&quot;, parecía claro que   me vetaba por ser periodista. Agregué, más o menos: &quot;Como periodista, me tiene   sin cuidado el veto de este o cualquier gobierno&quot;. (Para un periodista que se   respete, el veto oficial de un gobierno es un diploma de independencia). &quot;Pero   nuestra meta es sacar a los rehenes, así que me haré a un lado desde este   momento y colaboraré con mi silencio hasta que logremos nuestro   propósito.&quot;</p>
<p>Le pedí que enviara al Presidente el mensaje personal   de que había cometido una &quot;profunda injusticia&quot;. Quise decir atropello o   infamia, pero me moderé.</p>
<p>Restrepo ratificó que solo estaba en pie la   credencial de Piedad y en un limbo la de Olga Amparo, a quien no había cómo   descalificar. Eran más de las nueve cuando se levantó la reunión.</p>
<p>Unas horas más tarde, al ver desde el hotel el   &quot;espectáculo periodístico&quot; del Presidente con los muchachos que acababan de   salir de su cautiverio, nos enteramos de que Piedad también había sido vetada   por el Gobierno.</p>
<p>El lunes supe que el Presidente había comentado que   nunca habló con Restrepo de vetos personales ni recibió entre las 7 y las 10   p.m. ninguna llamada del Comisionado. ¿A quién creerle?</p>
<p>A pesar de todo, acordamos insistir -decisión que   apoyaron los miembros de CPP llegados a Villavicencio-, terminar la misión   aunque tuviera que ir sola Piedad, abstenernos de todo comentario hasta   recuperar al último secuestrado, y mantener abierto el camino de un acuerdo   humanitario. </p>
<p>Así ocurrió dichosamente el jueves y, de nuevo con la   camiseta de periodista, puedo ahora contar lo que pasó durante aquellas   difíciles horas.</p>
<p>DANIEL SAMPER PIZANO</p>






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